Niebla, Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno es otro autor de renombre de la Generación del 98. Algunas de sus obras más destacadas incluyen Amor y PedagogíaSan Manuel Bueno, mártirNiebla. La última es una de las obras que más favorezco y más me interesa; podría hablar durante horas y horas sobre ella. Esta novela (o “nivola” como describen los personajes – es decir, una novela muy dialogal con casi nada de narración) cubre muchos y muy diversos temas, pero opino que es imposible hablar de Niebla sin hablar de la influencia quijotesca de la nivola. Por lo tanto, he aquí algunos paralelos entre NieblaDon Quijote.

Tal vez lo más llamativo es el estilo de la narración. En el Quijote, los narradores y autores de la historia son muchos: el narrador cuenta como había encontrado manuscritos de un tal Cide Hamete Benengeli que contaba en árabe las “fazañas” del famoso hidalgo, y que otro lo tradujo todo para el narrador, y el narrador nos cuenta todo. Hasta hay referencias de Cervantes dentro de los dos tomos – don Quijote tiene en su biblioteca obras de Miguel de Cervantes, otros personajes hablan de un soldado cuyo apellido era Saavedra. Estas cuestiones de narración se hallan muy bien transformadas en esta nivola.

Todo empieza con la confusión del prólogo – o mejor dicho, los prólogos. El primero fue escrito por Víctor, un personaje y amigo del protagonista Augusto. Tal como menciona Rodríguez Cáceres, “no menos desconcertante es que el personaje se rebele contra su creador, acusándolo de haber falseado los hechos. Unamuno no puede ocultar su contrariedad y le responde en un Post-prólogo amenazante, escrito desde la posición de ventaja que le da el ser quien mueve los hilos de la tramoya” (32). Esta confusión de las fronteras entre el mundo ficticio de los personajes y la presencia de su mismo autor se ve tanto en el Quijote como en Niebla.

No obstante, va más allá. En el Quijote algunos personajes confiesan ser amigo de Cervantes mismo, mas no llega él a entrar y dialogar con los personajes. Obviamente, en Niebla, esta frontera no sólo se hace más borrosa sino que se elimina totalmente cuando Augusto habla con Unamuno mismo. Pero, ¿no es Víctor otro autor de Niebla? Sus conversaciones y el prólogo indican que él escribió la vida de Augusto: por ejemplo, al decir que tendrá que inventar un perro para que el protagonista tenga interlocutor, no es de extrañar que de repente llegue el cachorro Orfeo.

Gullón señala que no sólo en el estilo de narración sino que además en los temas y las angustias del protagonista se ven muy claramente influencias quijotescas. Gullón describe la presencia (o su carencia) del “ideal quijotesco”. Don Quijote, intentando ejercitar su fe y control en la fenomenología de su propia existencia como caballero andante en el principio del siglo XVII, tal como nuestro protagonista don Augusto va intentando realizar: “deseando que la realidad fuera distinta a como es” (Gullón 23). Además, don Quijote profesaba su amor por la famosa Dulcinea del Toboso, famosa efectivamente por no existir. La verdad de su existencia no parece penetrar el mundo de don Quijote, aunque el narrador y Sancho Panza comentan que él la habrá inventado basándose en una señora fea y muy macha del pueblo:

“Se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado (aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello).” (Don Quijote I, Cervantes, Cátedra 2005, p. 119)

De tal modo, don Augusto se enamora de Eugenia – ¿o sí? Se enamora más de la idea de ella que de ella misma, y la realidad fenomenológica de Eugenia acaba decepcionando a don Augusto. En el segundo capítulo, curiosamente, él mismo parece confesar que sí, está enamorado de una que no existe:

“¡Mi Eugenia, sí, la mía – iba diciéndose – , ésta que me estoy forjando a solas, y no la otra, no la de carne y hueso, no la que vi cruzar por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!” (Niebla,  Unamuno, Cátedra 2013, p. 91)

Está tan enamorado de la Eugenia que ha forjado que ni siquiera la ve al pasarla en la calle pocos momentos después. Asimismo, don Quijote se negaba la verdad de Dulcinea cuando Sancho Panza en el capítulo XXV le dice que “es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del todo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora” (p. 353). La decepción final que experimentó don Augusto antes de su muerte le llegó junto con la realidad, o por lo menos, su interpretación de la realidad; como dice el médico al final, “no se existe sino para los demás” (p. 269).

La muerte de estos dos protagonistas prototípicos coincide con una realidad triste que ha logrado invadir su mundo donde intentaban (¿con éxito? No sabría decir) ejercitar control en su mundo, asumir una posición de control de sus propias acciones y sus consecuencias.

 

Obras citadas

Cervantes, Miguel de. Don Quijote. Madrid: Cátedra, 2009. Impreso.

Gullón, German. “Introducción”. Niebla. Miguel de Unamuno. 24 edición. Madrid: Espasa-Calpe 1991. Impreso.

Unamuno, Miguel de. Niebla. Madrid: Cátedra, 2013. Impreso.

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La dama de Uturbi

La dama de Uturbi es un cuento de Pío Baroja dividido en “capítulos” por así decirlo, publicado por primera vez en el año 1900. Se trata de folklórico vasco: un hombre está enamorado de una mujer, la sobrina del barón. Esta dama, la dama de Uturbi, se considera muy bella pero no tiene educación. Le dice su tío que tiene la cabeza por las estrellas, o por lo menos por las nubes, y que ha de casarse. La familia de su pretendiente noble tenía historia de llevarse mal con la familia de la dama, así que ella quiere rechazarlos. Un campesino que se hace militar, sin embargo, se enamora de ella. Éste se entera que hay un aquelarre, es decir, un convenio de brujas, y que quieren hacer que la dama sea bruja con ellas. Junto con demás hombres de un pueblo cercano y van al aquelerre (viene de euskera y significa “macho cabrío en el prado” ya que las brujas reciben la presencia de Lucifer en forma de macho cabrío). Acaban salvando a la dama y acabando el aquelarre, y el campesino valiente se casa con la dama de Uturbi.

Pío Baroja, uno de los escritores de la Generación del 98, se conoce por escribir de un “estilo recio,” según dicen algunos críticos. Tal vez su obra más célebre es El árbol de la ciencia, publicado por primera vez en 1911, y en ambas obras el lector notará este “estilo recio.” Yo, sin embargo, diría más bien que es un estilo no recio sino limpio. Las partes del cuento están muy claramente divididas de manera muy metódica. Baroja, tal como demás escritores de la generación del 98, estaba muy influido por el Quijote. El estilo de la narración evoca el de Cide Hamete Benengeli, uno de los misteriosos autores del Quijote.

Este cuento empieza con un misterioso inicio “-Hace ya muchos años – me dijo el médico de Yanci – por las fiestas de Urruña, …”¿Quién es el narratorio? Es decir, ¿a quién se dirige el médico de Yanci? ¿Quién es el “yo”? Nunca sabemos, y en ese pequeño pronombre de objeto indirecto hallamos la única pieza de información que tenemos. Todo el relato viene de la voz del médico, quien cuenta lo que otro vasco le había contado. Luego ese otro vasco le da un manuscrito, y nuestro médico de Yanci copia y relata el manuscrito para narratario.  Entonces, hay el narrador de primera persona (a quien habla el médico durante todo), Yanci, el narrador primera persona hablando sobre su historia, y luego el narrador de tercera persona que es el del manuscrito que el médico ha copiado. Este estilo intenta dar un toque de verosimilitud, tal como el narrador (o los narradores) del Quijote hacían al hablar de haber encontrado varios manuscritos que se trataban de un tal hidalgo famoso por la Mancha.

Hay ciertas cuestiones de género también, desde luego – varios noventayochistas se conocían por su misoginia. No es de extrañar que la dama de Uturbi se describa como bella pero tonta. De hecho, el narrador habla durante muchos párrafos sobre el carácter de Uturbi, sus logros, su virilidad, su trabajo y más antes de describir el color de su pelo. Sin embargo, a presentarnos a la dama de Uturbi, inmediatamente recibimos un párrafo breve de su aspecto físico. Se puede decir que “la dama de Uturbi” es el título del cuento no porque ella sea protagonista, sino porque ella es un objeto y el punto focal del argumento. Se podría reemplazar a ella por una joya preciosa o un Pokémon, y el argumento no cambiaría casi nada. Dicho esto, ella parece tener algunas ideas modernas por rechazar al pretendiente noble que tiene. Explica el narrador (¿cuál? No sabría decir) que ella “consideraba como condición indispensable para casarse el estar enamorada” y no quiere casarse por casarse, aunque supuestamente esta parte de la historia tenía lugar hace siglos. No obstante, para sentir el amor, ella quería que un hombre la protegiere y la cuidara – es decir, un príncipe cualquiera no bastaría, sino uno muy, muy azul.

 

En fin, este cuento folklórico entretiene bastante y pinta una imagen casi terrorífica del aquelarre vasco que entretiene bastante y es una buena lectura. Tiene un estilo muy limpio y metódico que ofrece una lectura casi refrescante de leer, aunque la misoginia del autor queda tan claro como el agua.

El libro de las horas contadas

El libro de las horas contadas no es un libro cualquiera; es una obra maestra de José María Merino. El lector tiene que cuestionar sus propias definiciones de lo que es una narración debido a la estructura innovadora del libro. Me niego a decir “novela” por el simple hecho de que no lo es. Verdad es que hay personajes principales que experimentan y participan en una variedad de sucesos – Pedro, Mónica, Fran y otros – pero uno tiene que leer el libro entero para salir con tan sólo una imagen de los personajes. Difícil tarea es resumir la obra porque no queda claro qué es lo que realmente sucede, y qué es lo que ha sido una fantasía de los personajes.

El autor juega siempre con la metaficción y la mente del lector, y una vez terminado el libro, el lector no estará seguro de qué pasó. A nivel estructural, la obra se divide en capítulos: cada capítulo puede ser una narración en prosa como si fuera un capítulo de una novela, y otros capítulos son colecciones de microrrelatos (lo que se comentarán más adelante).

Los capítulos “narrativos” por así llamarlos  resultan ser más bien cuentos que partes de una novela dado que no siempre hay coherencia ni concordancia entre los capítulos. El caso más ejemplar es el primer capítulo, “El meteorito.” El lector abre el libro a la primera página, le el título del capítulo, y sigue leyendo sobre un recuerdo que tenía Pedro sobre su niñez. Según Pedro, su esposa Mónica y su amigo en común Fran se habían acostado cuando eran jóvenes. Pedro se enteró cuando iba a buscar un meteorito que se había caído del cielo, pero los acusados amantes nunca sabían que Pedro los había visto. El lector sigue leyendo el segundo capítulo, y luego el tercero: cuando Mónica lee algún manuscrito que Pedro había escrito, y ese manuscrito resulta ser lo que habíamos leído en el primer capítulo. Pedro, el autor de este manuscrito, confiesa que ha sido una ficción y nada más.

Esto es un buen ejemplo de lo que llamamos metaliteratura, es decir, literatura que se refiere a sí mismo. Entonces, ¿cuál de los capítulos es la “verdad”, el primero o el tercero? No sabemos qué creer. O el primer capítulo es una ficción, y en tal caso el tercer capítulo es la “vida real” de los personajes, o el tercer capítulo es la ficción, lo cual quita la duda que teníamos sobre el primer capítulo. Esta confusión narrativa, los múltiples niveles muy complejos del libro, nos impide al lector a tener una imagen de la “historia verdadera”. Hasta en este mismo tercer capítulo, se le ocurre a Pedro escribir un libro y titularlo El libro de las horas contadas.

Otros capítulos son colecciones de microrrelatos, que son historias o cuentos enteros pero con pocos palabras: semánticamente económico y pragmáticamente rico. Lo que no se cuenta es tan importante, o quizás más, que lo que sí se cuenta en un microrrelato. El microrrelatista cuenta con la imaginación del lector para rellenar los huecos. Lo curioso de los microrrelatos en este libro es que cada serie de microrrelatos tiene un tema principal en común, y este tema tiene que ver con el capítulo narrado anterior. Los temas varían desde el existencialismo a lo fantástico, lo microscópico a lo cósmico.

De los libros que se publican hoy en día, sólo se suele conocer la “literatura popular” – es decir, 50 sombras, Los vampiros del crepúsculo y Los juegos de hambre, por ejemplo. No quiero decir que éstas sean malas obras, pero hay una distinción entre literatura popular y literatura alta. El libro de las horas contadas pertenecería a literatura alta de hoy en día, una hazaña dificultosa en la edad de videojuegos y Twitter, pero cualquier lector puede disfrutar mucho de esta lectura (y seguramente una relectura).

Valoración: 10/10

¿Por qué leer?

 

Literatura es, en pocas palabras, una extensión de la mente humana. En los estudios lingüísticos, se habla mucho de universales: siempre hay un sujeto, verbo y objeto. Hay algo arraigado en el cerebro del ser humano que hace que los idiomas tengan una estructura basado en algo universal. Se ha dicho que si viniera un habitante de otro planeta a la Tierra, sólo observaría un idioma humano (con variaciones pequeñas).

Literatura también tiene universales y hay una parte fija del cerebro dedicado a ella. Algunos, como Mark Turner, argumentan que todos tenemos una “mente literaria” y es lo que nos hace humano – y argumentan que, de hecho, el lenguaje humana se vino como producto de la necesidad de comunicarnos mejor en nuestra evolución. Viene de necesitar hablar de nuestras situaciones, de aprender de las situaciones de los demás y aplicar lo que hemos aprendido a la nuestra. Observo cómo mi vecino simio se escapó del tigre para que luego sepa yo cómo escaparme, y así nuestra población sigue intacto.

Esto es algo que siempre sabíamos, pero que sólo hace poco se ha confirmado con estudios formales. Pasamos en el tiempo desde los primeros seres humanos al primer siglo AD. Seas o no religioso, la Biblia es una serie de historias y cuentos. Hasta Jesucristo enseñaba en parábolas, que son cuentos alegóricos y ficticios con mensajes morales. Pasamos a la Edad Media. En El conde Lucanor de don Juan Manuel, el conde tiene un problema y le pide consejo a Patronio. En lugar de responderle directamente con “Haz así, no asá,” Patronio le cuenta una historia y el conde Lucanor aprende la lección a través de la ficción. Claro, dices tú, éstos son personajes ficticios, por supuesto que van a aprender algo del otro personaje, pero esto es ficción. Pasamos, pues, al siglo XIX. Las Fábulas que escribió Samaniego suelen tratarse de animales hablantes que aprenden alguna moraleja. Escribió estas fábulas con la intención explícita de enseñar moralidades a niños. ¿Te suena el cuento de la lechera? Existen innumerables versiones del cuento, desde la época griega antigua hasta hoy en día, y esto es una pura ficción – pero con algo intrínsecamente sabio y humano, casi tangible, cuya lección podemos aplicar a nuestras vidas hoy en día.

¿De qué van los libros (y luego las películas) de Los juegos de hambre? Opresión y abuso de los pobres por parte de los ricos y privilegiados. Aunque el concepto de los Juegos en sí es innovador, el tema es todavía igual y es algo cien por cien humano. Hasta las máquinas de La mátrix están intentando conservar su poder y supremacía sobre los seres humanos – a pesar de ser máquinas, los temas y motivos son aún así muy humanos. Literatura es mucho más que palabras escritas en una página. Es parte de lo que es un ser humano. Un perro puede ladrar, un pájaro puede gorjear, y hasta los simios pueden aprender el idioma de signos de sordomudos. Pero sólo el ser humano es capaz de extender su mente a símbolos iconográficos y transmitir ideas, ideas poderosas, románticas, tristes, codicias, eróticas, blandas, hambrientas, contagiosas, muertas y vivas. Leer y estudiar literatura es escudriñar una mente humana, lo cual en sí es algo influida por y que influye la sociedad en la que vivía (o sigue viviendo). Es hacer lo que siempre hacíamos: observar cómo mi vecino simio escapó del jaguar para escaparme yo.